La expectativa vs. la realidad

Muchas veces fabricamos en nuestra mente y en nuestro corazón una idea perfecta de cómo debiesen ser las fiestas de fin de año. Vemos tantas imágenes de Nochebuenas, Navidades, Janucas y vísperas de Año Nuevo perfectos que así queremos que sea para nosotros. Nos imaginamos todo un ideal y hacemos todo lo posible para que así sea. Pero qué gran decepción sentimos cuando las cosas suceden diferente a como las habíamos planeado. Muchas veces esto nos causa un vacío indescriptible.

Genuina y sinceramente, hace mucho tiempo bajé mi expectativa de lo que es una “Navidad perfecta”. Con el tiempo, he aprendido que uno hace su propio “perfecto” y que, por muy contradictorio que parezca, no existe lo verdaderamente “perfecto”.

Les quiero contar parte de mi Navidad para aquellas personas que se encuentran en una etapa similar a la que yo estoy pasando, para aquellas que ya pasaron esta etapa y para todas aquellas que juran nunca les va pasar y se recordarán de mi cuando les pase.  Voy a tratar de relatarlo de la manera más simpática posible y, por favor, léanlo con sentido de humor, sin prejuicios y solo con deseo de reírse un poco.

Para mí el significado de la Navidad es tan importante que se lo quiero inculcar a mis hijos desde pequeños. Asistir a misa se vuelve una prioridad y oh qué error, o mejor dicho, qué horror tratar de ir a misa con tres criaturas por debajo de la edad de cinco años.

Todo el día lo tenia planificado con horarios a la “perfección”.  Almorzar a la 1pm, salir del almuerzo a las 4pm para cambiarnos para la noche y así poder asistir a misa a las 6pm. Llegamos a la iglesia a las 5:30pm y ya no había ni un solo asiento disponible para una familia de cinco. Muchas bancas ya reservadas y, aunque todos nos miraban con cara de pena, nadie cedió su privilegiado y preciado lugar, lo cual respeto y entiendo.
Salí corriendo de esa iglesia para ir a otra donde la misa sería a las 6:30 pm. Llegamos con 45 minutos de anticipación. Esta iglesia era otra historia, no había gente. Con 30 minutos de ventaja, apenas la mitad de la iglesia estaba llena. De igual manera, estaba determinada a asistir a lo que era importante: escuchar misa el día de Navidad.
Hice y deshice todo lo que era permitido para entretener a mis tres criaturas en lo que daba inicio el servicio. Ya para cuando empezó la misa, los niños estaban desesperados y, poco a poco, minuto a minuto, el mal comportamiento fue escalando. La grande empujaba a la de en medio, la de en medio lloraba, el bebé le halaba la moña a la que lloraba, lloraba más. El bebé no entendía qué es estar quieto (ya camina), él quería caminar por encima de las bancas, obviamente se tropezaba y lloraba. La grande dispuso hacer berrinche para llamar la atención, el papá la sacaba de la misa. La chiquita disponía entretener al bebé por medio de cosquillas y carcajadas y al decirle “shhhh”, ¿adivinen qué? Sí, ¡lloraba!.

Nadie a mi alrededor ponía atención al padre por el espectáculo que dábamos, mi esposo y yo amenazando y advirtiendo a nuestras tres criaturas, mientras ellos nos ignoraban vilmente y nada cambiaba. Cada vez las miradas de los de enfrente volteando a ver eran más intensas y era obvio que estábamos arruinando su Santa Misa. No duramos ni la mitad de la ceremonia. Hasta que dije “vamos” con una mirada y un gesto silencioso.  Mi cavernícola entendió perfecto, fue el primero en salir huyendo (instinto primitivo).

Entré al carro y les dije que íbamos a hacer una parada en la casa antes de continuar nuestra peregrinación de Navidad “perfecta”. Yo iba a cumplir con mis advertencias.  Entré una por una al baño de visitas (el bebé aún es muy pequeño para entender consecuencias) y les di su respectiva nalgada y enjabonada de boca. Razoné con ellas por qué estaban recibiendo dicho trato y continué muy en paz y feliz hacia mi siguiente destino.

Sinceramente no arruinó mi Navidad, ni la de mis hijos, ni la de mi esposo. Es más, me sentí toda poderosa al cumplir mi amenaza con tal eficiencia de tiempo y sin mucho desgaste, ya que mi agenda continuaba. Sentí la necesidad de educar, pero sin engancharme y sin mucho melodrama, y lo hice.

Pero lo más importante de todo esto que les cuento es que comprendí (y acepté) que siempre habrán reveses y contratiempos que complican nuestros planes, pero no por ello tienen porqué arruinar lo que sigue. Siempre tendremos expectativas de cómo queremos que sean las cosas, pero mi recomendación es simplemente no tenerlas. Si bien las fiestas de fin de año son un momento muy especial para pasarla con familia y amigos, hasta cierto punto también llegan a complicarnos la existencia. En nuestro afán por alcanzar nuestros ideales, nos olvidamos de lo que realmente importa y nos perdemos en un inmenso mar de decepción y frustración. Como bien nos dice Dios, todo tiene su momento oportuno. Está en nosotros ser lo suficientemente pacientes y sabios para recibir con amor todo lo que nos pasa.

En mi caso, yo quería ir a misa, no lo logré pero ahora estoy consciente de que hay un tiempo para cada cosa. Este año mi propósito será enseñarles a mis hijos a comportarse en misa, asistiendo todos los domingos. Si es tan importante para mi inculcar la fe y el motivo de la Navidad, debo ser consecuente con mis ideas y consistente durante todo el año. Pan para mi matate… les cuento cómo me va el otro año.

Por ahora les deseo que tengan lindo Año Nuevo y gocemos de cada momento planeado así como los improvisados dadas las circumstancias.
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